Suscribete a nuestro Newsletter

Por Ing. Agr. José Manuel Mesa Cacheiro

Quizás pocas veces en la historia reciente del comercio mundial de carnes se dieron dos hitos tan cercanos en el tiempo y tan determinantes como los actuales.

Por un lado, la decisión de China de aplicar medidas de salvaguarda, administrando el crecimiento de sus importaciones. Por otro, la firma del acuerdo Unión Europea–Mercosur, que consolida reglas de acceso a mercados de alto valor. Leídos en conjunto, ambos hechos no se contradicen: ordenan el mercado desde lugares distintos.

Durante más de una década, la demanda china actuó como un gran amortiguador del sistema. Absorbió volúmenes crecientes y permitió que buena parte de la producción mundial encontrara destino sin demasiadas exigencias. Ese ciclo no termina, pero cambia de naturaleza.

China seguirá comprando carne, pero ya no funcionará como mercado infinito. El mensaje es claro: el crecimiento por volumen encuentra un límite.

Para Uruguay, el impacto directo de la salvaguarda es acotado. Los volúmenes actuales no activan restricciones relevantes. Sin embargo, el efecto más importante es indirecto. Grandes proveedores, como Brasil, mucho más expuestos a estas medidas, deberán recomponer destinos, redireccionando parte de su oferta hacia otros mercados. Ese reacomodo incrementa la competencia global y vuelve el negocio más exigente.

Al mismo tiempo, el acuerdo UE–Mercosur actúa en sentido complementario. No habilita una expansión masiva de volúmenes hacia Europa, pero consolida acceso, previsibilidad y valor. Europa no compra grandes cantidades, pero paga bien y exige mucho.

En un mundo más regulado, ese tipo de mercado cumple un rol clave: fija estándares y sostiene el techo del precio promedio.

Este reordenamiento ocurre además en un contexto internacional particular. Estados Unidos atraviesa un ciclo ganadero restrictivo, con menor stock y menor oferta exportable. Europa enfrenta crecientes restricciones ambientales que limitan su producción interna y encarecen sus sistemas. A esto se suma una revalorización global de la proteína animal, donde pesan cada vez más la seguridad alimentaria, la trazabilidad y la confiabilidad del origen.

El resultado no es un boom, pero tampoco un colapso. Es un mercado más firme, más selectivo y menos tolerante a la ineficiencia. El volumen sigue existiendo, pero ya no todo valdrá lo mismo.

Uruguay llega a este escenario con una posición más equilibrada que en el pasado. Hoy sus exportaciones están mejor repartidas: China representa cerca del 30% del volumen, Estados Unidos otro 30% y Europa alrededor del 19%, con el resto distribuido en otros destinos. Esta diversificación reduce riesgos y le da mayor resiliencia al sistema frente a cambios de reglas en un mercado puntual.

Desde el punto de vista productivo, la señal es clara. Con una faena relativamente estable en los últimos 25 años y un stock que oscila en torno a los 12 millones de vacunos, Uruguay no tiene margen estructural para crecer fuerte en volumen. El desafío pasa por producir mejor, no por producir más.

En este marco, también cambia la lógica del engorde. Tanto el engorde a pasto como el corral dejan de ser herramientas expansivas y pasan a cumplir un rol de ajuste fino: asegurar terminación, cumplir pesos y calidades, ordenar la oferta y acompañar las ventanas comerciales. El negocio ya no tolera ciclos largos e ineficientes.

En definitiva, el mercado mundial de carnes entra en una etapa más adulta. China pone límites al volumen; Europa pone reglas y valor. Entre ambos extremos, el sistema se ordena. Para Uruguay, el camino no es correr detrás de cantidad, sino afirmar su reputación, su consistencia productiva y su capacidad de cumplir.

En un mundo más exigente, esos atributos pesan tanto como el mejor de los mercados.

Suscribete a nuestro Newsletter

Tardáguila Agromercados - Powered By InfinitWorks.