
Daniel Talmón, de INIA, presentó un simulador que traduce la planificación forrajera en términos probabilísticos, con foco en las oportunidades que abre este año Niño para las reservas.
El ingeniero agrónomo (PhD.), Daniel Talmón, oriundo de Miguelete y flamante incorporación al equipo de Lechería de INIA, cerró la jornada organizada por la SPLF e INIA con la charla Simulador de producción de forraje y previsión de reservas forrajeras. Presentó un enfoque que busca correr la planificación forrajera de la lógica determinística tradicional hacia un modelo probabilístico, similar al que se usa para pronosticar el clima.
Talmón explicó que la práctica habitual de presupuestación forrajera —a través de herramientas como Planilla Metas, FARMAX o presupuestos propios— enfrenta un problema de base: no existe una base de datos robusta y accesible para elegir qué tasa de crecimiento usar, y las tablas disponibles muestran solo un promedio. Si la distribución de esa tasa es normal, usar el promedio implica acertar apenas la mitad de las veces. “Un presupuesto puede coincidir con el resultado real por puro azar”, planteó. “El acierto, por sí solo, no demuestra una buena presupuestación.” Para el especialista, la incertidumbre forrajera “no es un evento excepcional, es la norma” en Uruguay.
Diez años de datos para cuantificar la variabilidad
Para construir el simulador, el equipo de INIA La Estanzuela reunió una base con 13.054 observaciones individuales, provenientes de 737 recorridas de pastoreo, en 4 plataformas de producción, a lo largo de 10 años (2017-2026).
A diferencia de datos experimentales o parcelarios, se trata de información generada bajo manejo real: con el método de pastoreo de cada unidad y la carga animal efectiva. Esa base permite conocer no solo el promedio de la tasa de crecimiento, sino su distribución real, y a partir de ahí generar escenarios probabilísticos de déficit forrajero.
Al separar los años Niño del resto de la serie, la diferencia es clara, sobre todo en el arranque de la primavera: la tasa de crecimiento promedio en años Niño se ubica por encima del resto en setiembre, octubre y noviembre, aunque esa brecha se achica más adelante en la zafra.
En términos anuales, la diferencia entre un año Niño y uno Niña equivale a kg MS/ha/año 1.870. “En un año Niño hay mayor probabilidad de consumo de pasto en primavera-verano, menor consumo de reserva y más producción de reservas en la plataforma”, resumió Talmón. “En resumen, un mejor balance forrajero.”
El modelo en acción: el caso del tambo tipo
Para ilustrar cómo funciona el simulador, Talmón lo aplicó al caso de un tambo modelo correspondiente al 25% superior de Producción Competitiva de Conaprole: 124 hectáreas, con la carga, la composición de grasa y proteína y la curva de producción típicas de ese grupo. El modelo corre 10 mil simulaciones semana a semana, con un stock inicial de pasto de kg MS/ha 950 al 1° de agosto y una reserva inicial de 50 toneladas, dejando pastorear hasta un remanente de kg MS/ha 900 y limitando el crecimiento del stock a un máximo de kg MS/ha 1.200.
Los resultados muestran que la cosecha de pasto en setiembre no cambia demasiado entre escenarios, pero las diferencias se hacen visibles en octubre y noviembre, y se repiten en diciembre y enero.
Talmón hizo una salvedad importante: es posible tener una tasa de crecimiento alta y aun así no lograr cosechar todo ese pasto, si el estrés térmico limita la capacidad de consumo de los animales en el verano.
La opción del maíz de reserva
El especialista incorporó al modelo la posibilidad de sumar un cultivo de maíz para silo. Según los datos presentados, los maíces de siembra temprana logran buenos rendimientos justamente en años Niño, aunque Talmón fue claro en advertir que la siembra temprana ofrece una oportunidad, pero también una mayor exposición al riesgo climático. El maíz de segunda, de siembra más tardía, sigue siendo una alternativa válida y ofrece, además, una ventana de picado más flexible.
Sobre el atractivo de un maíz “bueno, bonito y barato”, remarcó que ese resultado “todavía depende un poco de nosotros”: incluso en años Niño o neutros existe probabilidad de obtener un porcentaje de almidón bajo, y cuanto más húmedo se pica el maíz, más caro termina resultando.
Una tonelada de materia seca que podría costar US$ 100 puede terminar en US$ 160 si no se respeta la ventana óptima de picado.
Al incorporar el maíz al balance forrajero, el escenario mejora sensiblemente: sin ensilaje de maíz, la mediana del balance de reservas se ubica en negativo tanto para el escenario general como para el Niño; incorporando el cultivo, la mediana pasa a terreno positivo en el escenario Niño.
¿Conviene armar un “seguro forrajero”?
Talmón cerró con una propuesta concreta. Según el modelo, un sistema como el analizado necesita estructuralmente, en promedio, kg MS/ha 2.956 de plataforma de reserva. Para cubrirse en 9 de cada 10 años, esa cifra sube a kg MS/ha 4.251: es decir, kg MS/ha 1.295 adicionales aumentan la cobertura en un 80%.
Ese excedente, valorizado al costo del ensilaje de maíz “bueno, bonito y barato” (US$ 103 por tonelada de materia seca), implica inmovilizar US$ 133 por hectárea de plataforma en capital. Financiado con una línea de agrocrédito de capital de trabajo, el costo de ese “seguro” se reduce a apenas US$ 6,4 por hectárea de plataforma al año, o US$ 5 por tonelada de materia seca al año.
Talmón aclaró que comprar ese seguro no implica obligación de uso: si el margen entre grano y leche es favorable, nada impide seguir utilizando concentrado y conservar la reserva. Como analogía, comparó la decisión con la compra de una opción call forrajera: el costo de mantener disponible esa reserva queda limitado al interés del capital inmovilizado, mientras que su valor aumenta cuando escasea el forraje o sube su precio en el mercado.
Pero producir ese “seguro forrajero” a bajo costo también requiere manejar bien el cultivo hasta el final. Talmón advirtió sobre una decisión frecuente cuando aparece un déficit hídrico durante el período de llenado de grano: la ansiedad por ver deteriorarse el maíz puede llevar a adelantar el picado. Si las condiciones lo permiten, esperar hasta alcanzar la ventana óptima de materia seca permite capturar más rendimiento y calidad y reducir el costo por unidad de energía del ensilaje.
El mensaje final fue que la incertidumbre forrajera se puede cuantificar y gestionar. En un año Niño, la oportunidad no pasa solamente por producir más reservas, sino por aprovechar las condiciones para construirlas bien y ponerse “adelante” de las necesidades, en lugar de ir siempre atrás.
