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Desde Shanghái, China 

En una ciudad de casi 25 millones de habitantes, lo lógico sería sentirse abrumado. Pero Shanghái logra exactamente lo contrario. Aun con avenidas interminables, enormes centros comerciales y estaciones de metro por donde circulan millones de personas por día, la sensación permanente es de orden, tranquilidad y eficiencia.

Uno de los cambios más notorios respecto a visitas de años atrás es la drástica reducción de la contaminación. La explicación aparece rápidamente en las calles: la inmensa mayoría de los autos son eléctricos. Son claramente distinguibles porque las chapas son color verde agua y los autos con motores a combustión tienen chapas azules. La ecuación, en una estimación rápida, es 4 a 1. También taxis, ómnibus y buena parte de las motos y utilitarios funcionan con baterías, lo que transformó por completo el ambiente urbano.

El ruido del tránsito es mucho menor y el aire luce considerablemente más limpio que el de otras grandes ciudades asiáticas.

Pero Shanghái no impacta solo por su modernidad. También sorprende por el cuidado del espacio público. La ciudad está llena de árboles, parques y espacios verdes perfectamente mantenidos. Incluso en zonas de alta densidad urbana aparecen pequeñas plazas, senderos y áreas parquizadas que generan una sensación permanente de amplitud.

Otro detalle difícil de ignorar es la prolijidad. Las calles están impecables, sin basura, sin veredas rotas y prácticamente sin pozos. A lo largo de avenidas, puentes y canteros abundan enormes macetas con flores cuidadosamente mantenidas, algo que se repite incluso en zonas alejadas de los principales circuitos turísticos.

Esa lógica de funcionamiento también se ve en la movilidad cotidiana. Las esquinas están llenas de bicicletas de uso compartido que se desbloquean y alquilan directamente desde una aplicación en el celular. Miles de personas las utilizan para recorrer los últimos tramos entre estaciones de metro, oficinas o centros comerciales, en un sistema que funciona con una naturalidad sorprendente.

Y quizás lo más llamativo sea justamente eso: en ningún momento el visitante se siente agobiado por la cantidad de gente. Todo parece funcionar con una lógica coordinada y eficiente.

El metro, por ejemplo, mueve millones de pasajeros por día con una puntualidad y organización sorprendentes.

En tiempos donde muchas grandes ciudades del mundo enfrentan problemas crecientes de inseguridad, suciedad, caos vehicular o deterioro urbano, Shanghái transmite exactamente lo contrario: la sensación de una ciudad pensada para que las cosas funcionen. Y funcionando así, es inevitable preguntarse si no estará más cerca que ninguna otra de la idea de ciudad perfecta.

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