
El subsecretario del MGAP, Matías Carámbula, analizó el momento del sector, con buenos indicadores productivos, pero con desafíos estructurales en lo laboral, la concentración y el desarrollo industrial.
En un contexto de crecimiento de la remisión y precios razonables para el productor, la lechería vuelve a mostrar dinamismo. Sin embargo, persisten problemas de fondo que condicionan su desarrollo. En entrevista con La Lechera, el subsecretario del Ministerio de Ganadería, Matías Carámbula, pone el foco en la conflictividad, la pérdida de productores y la necesidad de fortalecer toda la cadena, desde la producción hasta la industria y la inserción internacional.
¿Cómo están viendo hoy la realidad del sector?
Hoy hay señales buenas hacia el sector en producción. El precio ha sido bastante razonable. Tuvimos el impacto del déficit hídrico, pero se logró recomponer con financiamiento de reservas y forraje para el invierno. Es un contexto interesante y desafiante. En general, se podría decir que es bueno para el sector.
¿Qué problemas aparecen en este escenario?
Hay dificultades que hay que asumir claramente. La cuestión de las relaciones laborales hoy es un problema que está afectando al sector, a los productores y al desarrollo de la cadena, sobre todo en la posibilidad de construir una perspectiva de mediano y largo plazo.
No lograr un acuerdo limita mucho. Desde el Ministerio de Ganadería no es un tema directo, pero estamos participando, generando información sobre la cadena y los mercados para aportar elementos que ayuden a encontrar una salida entre la empresa y los trabajadores.
Se trata de incorporar una mirada más amplia de cómo esta situación impacta no solo en la empresa, sino en toda la cadena y en los productores.
¿Qué falla en ese vínculo entre empresa y trabajadores?
No estamos hablando de condiciones laborales precarias ni de salarios bajos. Es una empresa donde los trabajadores tienen condiciones salariales y beneficios importantes.
El problema es que no se ha logrado un acuerdo en el Consejo de Salarios, después de más de diez meses de negociación. Cuando la base se desordena, empiezan a incorporarse otros temas y se complejiza.
Falta comprensión de la importancia del sector para el país. La lechería derrama en los territorios: fueron casi US$ 1.100 millones de exportaciones el año pasado. Eso tiene impacto en toda la economía.
Nosotros no intervenimos en el conflicto, pero sí tratamos de aportar contexto y mostrar cómo puede afectar inversiones y a los productores.
Más allá del corto plazo, ¿qué preocupa en términos estructurales?
Hay un proceso de concentración de la base productiva. Según el censo, unos 1.300 productores dejaron la actividad, en su mayoría familiares. Para la lechería no es bueno que la base se concentre cada vez más. Eso genera nuevas tensiones.
Nuestra preocupación es cómo acompañar para que la producción familiar se mantenga. Ahí aparecen políticas de tierra, colonización, campos colectivos, bancos de forraje y campos de recría que permitan ganar escala.
Al mismo tiempo, es un sector que ha incorporado mucha tecnología, mejorando productividad y calidad. Eso es positivo y también necesario para acceder a mercados. Por ejemplo, se abrieron oportunidades en Indonesia, con siete industrias habilitadas. Para eso se precisa volumen y calidad.
Entonces, el contexto es favorable, pero con desafíos claros que estamos tratando de abordar.
Con el crecimiento de la producción, ¿puede aparecer un cuello de botella industrial?
La estructura industrial tiene tres niveles. Hay dos grandes empresas que concentran el volumen (Conaprole y Estancias del Lago). Luego un segundo nivel de empresas medianas, muchas de las cuales han tenido dificultades y han requerido apoyo del Estado.
En ese nivel hubo intervenciones importantes para sostenerlas y proyectarlas, porque están muy vinculadas a cuencas específicas y son clave para recibir leche. Y hay un tercer nivel de pymes lácteas que, aunque no tienen gran volumen, son muy relevantes en algunos territorios.
Las políticas tienen que adaptarse a cada nivel. No es lo mismo una gran empresa que una pyme. Por eso trabajamos con una mirada integral de toda la cadena.
¿Preocupa el impacto del acuerdo con la Unión Europea?
Sí, preocupa. La principal inquietud no es tanto la competencia en Uruguay, sino en mercados como Brasil, que es clave para nuestras exportaciones. El ingreso de productos europeos puede generar competencia en ese destino. Es una preocupación válida.
Al mismo tiempo, hay que mirar las oportunidades que puede generar el acuerdo. Uruguay tiene que apostar a calidad y diferenciación. Hay que trabajar con las gremiales y la industria para que el acuerdo no deje a nadie afuera y, a la vez, aprovechar las oportunidades.
Tuviste una reunión reciente con el embajador de China en Uruguay. ¿Qué oportunidades y desafíos ves para los lácteos en ese mercado?
Estuvimos reunidos con la embajada de China y uno de los temas fue lácteos. Tenemos dificultades arancelarias frente a países como Nueva Zelanda o Australia. Ahí hay un tema claro: ellos tienen mejores condiciones de acceso y nosotros enfrentamos aranceles de alrededor de 10%. También surge otro problema, que es la falta de recursos para la promoción. Mientras la carne tiene un trabajo muy fuerte de posicionamiento, en lácteos eso es mucho más limitado.
Si Uruguay pudiera invertir en promoción de calidad en ese mercado, ese diferencial arancelario pesaría menos. Pero hoy no hay recursos suficientes para hacerlo.
Precisamente, ¿cómo ves el tema del Inale y su financiamiento?
Comparto que es un instituto central y que hay que fortalecerlo, actualizar su diseño institucional y darle financiamiento propio.
Hay acuerdo político en tres cosas: su importancia, la necesidad de modernizarlo y que tenga financiamiento genuino, sin depender año a año de partidas de Rentas Generales. Ese acuerdo se trasladó para este año y se está trabajando para avanzar en esa línea.
Sobre María Dolores, ¿en qué punto está el proyecto?
Ahí hay un proceso judicial en curso y no corresponde entrar en ese plano.
Desde nuestro lugar, nos enfocamos en el proyecto productivo. No estamos atados a un número fijo de tambos. Lo importante es que funcione.
Se pasó de una idea inicial de 14 tambos a un máximo de seis. También se está ajustando la escala, con unidades de unas 140 hectáreas o más.
El foco está en que sea un proyecto viable, sostenible y con impacto en la zona. No en la discusión política sobre los cambios del proyecto.
Para cerrar, ¿qué reflexión hacés sobre el sector?
La lechería tiene condiciones enormes de desarrollo y un impacto territorial, laboral y productivo muy fuerte. No puede quedar encerrada en el conflicto laboral. Eso no le hace bien a nadie.
Soy crítico de cómo se ha posicionado el sindicato. Falta una mirada más amplia de las consecuencias. Lo que está pasando genera impotencia. Hay productores que dicen que no aguantan más.
Es un sector con mucho potencial, pero estas situaciones lo limitan.
Ayer estuvimos reunidos con la embajada de China y uno de los temas fue lácteos. Tenemos dificultades arancelarias frente a países como Nueva Zelanda o Australia.
Ahí aparece otro problema: la falta de recursos para promoción. Mientras la carne tiene un trabajo muy fuerte, en lácteos es mucho más limitado.
Ojalá se pueda avanzar en fortalecer esa estrategia.